Por Teresa Canive
Click here and read the English version
Tenía formas diversas. Un día podía ser un círculo ovalado, otro día se despertaba por la mañana y se encontraba siendo una fina lámina de papel. De la nada, aparecía como una inmesa masa de goma y sin saber por qué ni con qué fin, al día siguiente se veía a sí misma como una pequeña gota de agua transparente. Ningún día repetía de forma, por lo que nunca podía adoptar ningún nombre en concreto.
Lo había intentado todo. Había acudido a los mejores médicos de su país, había preguntado a las mentes más prodigiosas de su continente y había volado en cometa hasta conocer a los mejores sabios de su mundo. Ninguno tenía la respuesta.
Una mañana se despertó y la forma que adquirió era tán delicada como una mota de polvo del desierto. Y así era, ese día sería una minúscula mota de polvo de desierto. Debía andar con cuidado – si es que se le podría denominar andar. A cada paso podría disolverse en la nada más absoluta. Sólo debía sobrevivir durante 12 horas, hasta volver a acostarse por la noche en una protectora cama de cristal.
Tras sopesarlo concienzudamente, como cada día, decidió salir a la calle. Ese día de otoño, el cielo amenazaba con tormenta. Si le caía una minúscula gota de agua, no volvería jamás a adoptar ninguna forma posible y su existencía desaparecería por completo sin dejar rastro alguno. ¿Por qué tomar un riesgo así?
Lo demás seres con los que se iba encontrando, le saludaban entusiasmados, pues esta motita de polvo del desierto, transmitía la vitamina necesaria para que la tierra rotase, las tormentas se formasen y los rayos de sol brillaran. Era esencial si querían mantener el equilibrio necesario de la vida. Así que, ¿por qué tomar un riesgo así? Bueno, aquí tenemos nuestra respuesta.
Una delicada e indefensa mota de polvo del desierto era la responsable absoluta de proporcionar vida. Pero, ¿qué clase de forma disponía de un deber tan importante? ¿Por qué el equilibrio radicaba precisamente en una sola forma y de tales características? Sólo así, la población de este mundo remoto vivía en calma, tranquila, viendo a sus seres crecer, divertirse, llorar y bailar la vida.
Por supuesto, lo que era hoy una mota de polvo de desierto, disponía a su alrededor de numerosos protectores que un día habían velado por su seguridad. Lo probaron todo: desde suelos acolchados con enormes techos cubriendo cada paso, protegiendo sus movimientos, su luz y exposición a la vida. Pero todo resultaba en balde. Y es que todo sistema de seguridad resultaba inmensamente complicado de definir. Hoy, teníamos ante nosotros un puntito pequeño y delicado, pero a veces, lo que nos mostraba era una gigantesca masa pesada.
Un día, hacía ya unos años, un niño levantó la mano en una de las muchas convenciones que se celebraron con el fin de dar con el mejor sistema de seguridad para la vitamina que hacía posible su existencia. Aquel pequeño sugirió:
- “Parece que si sabemos qué forma tomará lo que justo hoy es un mar en el océano, podremos adelantarnos y construir cada día aquel sistema de protección que mejor se adapte a la forma que tomará al día siguiente”.
Muchos asintieron con la cabeza, convencidos de que por ese camino llegarían a dar con la solución. Había partidarios para todo tipo de opiniones, pero esta corriente de pensamiento cada vez tomaba una mayor importancia con el paso de las horas.
Uno de los más sabios del lugar y reacio a centrarse en cualquier predicción posible, le respondió:
- “¿Te refieres a que cada noche debemos construir todo aquello que al día siguiente protegerá al mar que hoy tenemos?“
- “Claro, debemos enfocarnos en desarrollar un sistema de predicción capaz de informarnos de lo que vendrá al siguiente día. Luego, podemos mejorarlo, e ir prediciendo con un mayor margen de tiempo. Además, las protecciones construidas servirán también para más futuros días ya previstos de antemano”.
El sabio no estaba convencido. Sentía en su interior un grito que amenazaba con destruir cualquier equilibrio vital. Sin embargo, confió en el entusiasmo del joven y le contestó:
- “De acuerdo, probaremos este sistema de predicción para proteger a nuestro ser tan querido y necesario. Al fin y al cabo, es lo más preciado que tenemos y debemos hacer todo lo posible porque siga existiendo”.
En seguida, todas las voces en la habitación, más agudas, graves, altas o bajas, crearon una capa de ruido en la que poco se discernía la opinión general creada tras el enunciado del sabio. Lo que sí se supo días más tarde es que la mitad de la población se empezó a dedicar en cuerpo y alma a desarrollar el sistema de protección que les iba a salvar del fin de su existencia. Toda su energía se canalizaba en crear el Sistema Salvador. Gracias a él, por fin vivirían eternamente, protegiendo cada momento y forma adquirida de lo que ése día era un enorme mar y en el presente de este relato se trataba de una minúscula mota de polvo de desierto.

Pasaban las horas, los meses y años, incluso dédadas de esfuerzo, dedicación y esperanza. Muchos otros relatos hubieran contado que gracias al trabajo duro y las horas empleadas, por fin consiguieron aquello que estaban buscando. Pero temo decir que este no es un relato cualquiera, y que muy a pesar de los jóvenes entusiastas y trabajadores, no pudieron desarrollar ningún sistema de predicción – ni siquiera aquel capaz de augurar lo que ocurriría durante el minuto siguiente.
Así pues, se celebró una nueva convención y el sabio volvió a tomar la palabra:
- “Hemos intentado noche y día, meses y años construir lo imposible, derrochando energía y tiempo. Siento mucho que esta dedicación haya fracasado pero me alegra saber que se ha int…”.
En ese mismo momento, el joven que una vez propuso el desarrollo del sistema de predicción, interrumpió al sabio:
- “Para nosotros no ha sido ningún fracaso. De ninguna manera. Estos años, hemos trabajado duro, sí. Hemos gastado recursos, hemos avanzado al mismo tiempo que hemos llorado, retrocedido y gritado por todos los costados de nuestro ser. Pero todo ha sido un proceso necesario para darnos cuenta de una cosa”.
Todo el mundo permanecía expectante, regulándose los oídos para aumentar al máximo su volúmen. Cuando toda esperanza se desvanecía por el sumidero más hondo y oscuro, por fin, parecía que habían dado con una solución y era el momento de presentarla.
El joven permaneció callado, dando tiempo a cada ser presente en enfocar su atención. Cuando todo el mundo estaba en silencio, miró a un minúsculo individuo con quien había trabajado duramente. Dando paso así a sus palabras:
- “Nos centramos en perseguir una solución muy esperada por todos, generando una presión que crecía al mismo tiempo que lo hacían las expectativas de todo un mundo. Sí, trabajamos duro, queríamos alcanzarlo. Pero a cambio, nos comenzamos a olvidar del propósito en sí de nuestro protagonista, de lo que hoy es un delicado pétalo. Nos olvidamos de su razón de ser, que es por lo que respiramos, bebemos, comemos, dormimos y existimos. Y llegamos a una conclusión: ¿de qué sirve dedicar una vida entera a perseguir lo imposible, a pronosticar qué vendrá al día siguiente, si no vivimos y disfrutamos cada minuto del día de hoy? Siendo pétalos, mares, arena, masas inmensas, todo da igual, lo importante su propósito: otorgarnos con el beneficio que supone vivir en el deseado presente. Ése es el verdadero equilibro de la vida”.
Así llegamos al día de hoy en nuestro relato. Un día en el que la mota de polvo de desierto, el delicado pétalo o el inmeso mar del océano, continuó compartiendo sus vitaminas de vida a todos los pobladores del lugar, quienes vivían cada minuto tranquilos y agradecidos por la oportunidad de disfrutar otro día más en sus vidas.


One thought on “La mota de polvo del desierto”